¡Que tiempos aquellos!
Estoy viendo el vídeo de Torrecillas en 1984, a la vez que escribo, y estoy considerando los avances tan exagerados que han tenido lugar desde que dejé el pueblo en el 68, hasta el año que se hizo esta película. Yo jamás había visto una corrida de toros, y menos una plaza por mucha obsesión que tuviéramos con ser toreros; por mucho que nos metiéramos en la cerca de tio Fabiano a cizañar la vaca brava que tenía, o por más que soñáramos con acabar en una plaza aplaudidos por la afición. ¡Vaya! ¡Si hasta consiguieron toros de verdad!
¡Ya se empezaban a ver árboles ornamentales en l984!. Hicieron buena elección las autoridades, porque los árboles frutales en terreno público hubieran corrido grave peligro, conociéndonos como nos conocían, han sabido elegir. Ya tenían bastante claro que nos pasábamos el día acechando todos los posibles recursos alimenticios, sin discernir la propiedad o la pertenencia de los mismos. Como si estuviéramos siempre hambrientos. Pero no era así. Es que hacíamos mucho ejercicio y teníamos que repostar, sin necesidad de pasar por casa. Daba igual, bellotas, que habas, espigas de cebada o cardillos, fruta de los árboles, o naranjas del camión de abastecimiento. Había que reponer fuerzas.
Lo de la piscina fue un gran invento. Ya no habría necesidad que recorrer kilómetros para encontrar alguna charca donde ensayar unas cuantas de brazadas a estilo perro. Según iba avanzando el verano había que desplazarse cada vez más lejos. De las charcas lodosas de los alrededores nos pasábamos al río Tozo, al Pantano de Carmonilla y al del Aguila o al río Almonte. ¿Cómo no íbamos a estar hambrientos con tanto ejercicio?. ¿A ver que chiringuito íbamos a encontrar entre el Almonte y la metrópolis central de la Tiesa?
Este año hubiera sido un buen año de piscinas naturales. ¡Joder, cómo estaba la del kilómetro uno! Parecía una piscina olímpica. Con el agua clarita que se podía beber. Y no aquellas llenas de barro que sólo te podías meter una vez. Se revolvían tanto que salías más sucio que entrábas. Y encima se trataba de una actividad prohibida. Más de una vez hemos tenido que salir campo a través, en pelotas y zapatillas, con la ropa en un brazo, corriendo y saltando cercas para que no nos pillara el dueño.
En los pilones no estaba prohibido bañarse. Pero ahí no tenía la gracia, ni la emoción, ni el riesgo de ser descubiertos. Así que pusieron un pilón en el centro de la plaza de toros. Eso si tenía gracia. Pero en lugar de llenarlo con vino, como las fuentes de Logroño, lo llenaron con agua, y lo estropearon.
¡Que tiempos!